Dos años zafando

Nunca pensé que este emprendimiento fuera a durar tanto. Si bien es cierto que ha estado un poco "abandonado" aún no está olvidado, y de tanto en tanto hasta yo mismo entro como si fuera otra persona, a ver qué hay de nuevo... aunque claro, a veces me olvido que también soy el autor. Creo que jugar con personajes en primera persona lleva a eso, a una dinámica macabra de ser una persona y otra al mismo tiempo, y luego leerlo sigue las mismas reglas de la confusión.

Aún así, creo que está bueno mirar todo lo que pasó por aquí en el último año. Se podría decir que hasta este mismo blog tuvo un hijo. Es que en esa dicotomía de ser y no ser el personaje se encuentra siempre algo de real, y eso mismo es lo que ha parido este blog: Pintando pájaros, que a diferencia de su padre, Al filozafando, se mantiene fiel a los hechos reales, a lo visto, oido y sentido de un momento determinado.


Pero como buen padre -Al filozafando- suele contarle historias a su hijo, suele contarle algunas cosas que en su imaginación sólo suceden, y otras que no tanto. Y así, a veces el mismo Padre se encuentra aprendiendo cosas de sus mismas historias. Recuerda cuando el año pasado, como por Octubre, se dio cuenta que sus malos recuerdos no deben ser borrados y por eso se puso a recordar los buenos, mientras en el proceso su hijo imaginaba cómo serían esas historias.

También le contó historias de otros, como las de Lucía, Diego, Randy, y otros cuyos nombres nunca quiso revelar. Recuerdo que desde que era chiquito le contaba historias, cuando aún no había nacido, con la intención de que reconozca su voz, como aquella de cómo conoció a "mamá"; la historia típica que todo chiquilín quiere escuchar.

Y así pasó el tiempo, contando historias. Algunos dicen que no sirve para nada, que es una pérdida de tiempo tanto contarlas como escucharlas, pero lo cierto es que el tiempo pasa, y desde épocas inmemoriales se siguen contando historias, algunas como las que se cuentan acá, otras no tanto, pero no hubo ni papel, ni piedra, ni computadora que reemplace el código de contarlas. Y eso creo que es lo que su hijo aprendió, y comenzó a contarlas muchas veces sin dejar rastro. Sin embargo, el cambio del tiempo se nota, y por más que no deje rastro, el calendario se mueve, prueba irrefutable de que algo siempre sigue pasando, y que tanto Padre como Hijo siguen cambiando.

Gracias a todos los que siempre están, en la constancia del cambio acompañado.

Amantes del montón

No es una historia distinta a todas. De hecho, comienza como todas: conmigo una tarde de verano, y con ella una noche de invierno.

Yo no buscaba a nadie, ni tampoco tenía pretensiones sobre nada. Solo intentaba divertirme un rato. Ella tampoco buscaba a nadie, no tenía pretensiones de nada. Solo intentaba perderse una noche de apagón, mirando la tormenta a través de una vela.

Yo salí de aquel boliche a orillas de la playa para mirar el mar tan calmo como nunca antes. Ella salió para afuera de su casa, a sentir la lluvia fina y fría que se acercaba.


Yo deseé que aquella calma se rompiera de pronto. Ella deseó que aquella tormenta cesase por un segundo.

Yo bailé, me divertí, tomé, grité e hice un montón de cosas más que no vienen al caso. Ella se sentó, lloró, no cenó y se acostó a dormir.

Yo no supe cómo ni cuando, pero en el Ecuador nos encontramos. Yo no supe ni cómo ni cuando, pero los planetas se chocaron, los pájaros callaron, y en un instante como cualquier otro, ella desapareció, y yo desaparecí.

¿Qué es la Nobleza?

¿Hay algo más Noble que estar derrotado por un semejante que también está derrotado y aún así encomendarse a él?