XXIII: "Ojalá nunca sea Enero"

Mucha gente que estuviera en mi lugar lo haría solamente de forma obligada, pero no yo, yo estaba allí voluntariamente, ahogado en una nube de humo de tabaco barato, con una iluminación pobre, apoyado en una mesa devastada por las termitas, con las paredes con problemas de humedad, y sentado sobre una silla de metal bien fría, como el aire en aquella habitación sin ventanas.

Otra gente no estaría de forma obligada si se tratara de una habitación bien ventilada, a una temperatura agradable, con una mesa nueva y una silla tan cómoda como un sillón. Con una iluminación que no solo resaltara el centro de la mesa, sino que también hiciera notar la fina decoración en los cuadros de las cuatro paredes, aunque no tuviera ventanas.

Pero en ambos casos, la otra persona era la misma: una con traje y corbata, otra apenas con un chaleco sucio y una camisa mal lavada. Ambos hablaban de lo mismo. Vomitaban palabras que apenas podía entender. En ambos casos me sudaban las axilas, examinaba la habitación, trataba de mirar a los ojos a mi interlocutor, como si le estuviera escuchando, aunque en realidad solo comprendía las palabras sueltas que decía, sin que tuvieran la más mínima cohesión.

Ambos tenían una hoja con mi foto sobre la mesa. Una en blanco y negro y mal impresa, y la otra a color, sin dudas trabajo fino de una buena impresora láser. Ambos sonreían, cada uno con un toque un tanto emblemático. Ambos me hablaban de tareas y números. Ambos exhalaban tranquilos, y yo intentaba copiarles.


Ninguno me habló del atardecer, del café por la tarde, del libro que más me gustaba, de los malos programas de televisión ni de las tibias noches de verano. En su lugar, me dijeron que todo aquello que hacía no lo podría hacer más. Me dijeron que si yo estaba de acuerdo, en cambio, podrían darme otras cosas en su lugar. Hablaron de electrodomésticos, de ropa... Y es aquí cuando uno desearía salir corriendo, es aquí cuando la mayoría de la gente lo hubiera hecho.

Me quedé callado, mirándoles y escuchándolos con una impotencia tan grande como el ego de los que me hablaban. Cuando terminaron me hicieron la pregunta fatal de si estaba de acuerdo. Y como dije, como muchos hubiesen dicho que no, pero no podía, necesitaba decirles que sí. Entonces se pararon, me estrecharon la mano con una sonrisa piadosa y me enseñaron la puerta de salida. Cualquiera pensaría que allí acababa todo pero en verdad recién comenzaba.

Pronto tendría que volver a esas habitaciones, para esperar las respuestas sobre si aceptaban o no mi confirmación, y es como si de ellos dependieran los atardeceres, los cafés por la tarde, el libro que más me gustaba e incluso los malos programas de televisión. Pero lo cierto es que así era, y no solo eso dependía de ellos.

Al retirarme sentí un alivio inusual. Afuera, las luces de la ciudad se encendían, la lluvia bien fría comenzaba a caer, y las hojas de los árboles acompañaban al caer el silencio de la impotencia. Por un momento me sentí más seguro dentro de aquellas habitaciones. Y ahí es cuando me doy cuenta cuán dueños son ellos de todo esto... de todo el tiempo que yo le inviertiera a esto.


"Es normal, es común..." trataba de pensar con autocomplaciencia mientras al mismo tiempo pensaba en qué punto de la historia todo eso se transformó en normal...

Días más tarde, me llamaron de ambos lugares al mismo tiempo, y me dijeron que si aceptaba (¡como si no me quedara otra opción!) nos juntaríamos un Lunes de Enero en uno y un Martes de Enero en el otro, para pasar la tarde juntos, mirando a través de los tubos de luz y de las lámparas de bajo consumo cómo sería la vida imaginándonos esos atardeceres que no veríamos. Tomaríamos mucho café, sin ver los malos programas de televisión y leyendo informes en lugar de libros. Les dije que no había problema, y recordando aquella guitarreada hacía ocho años atrás, dije que estaba dispuesto a dejar ir todo aquello por unos cuantos años; y que en traje y corbata me presentaría el Lunes en uno y el Martes en otro.

12 personas intentaron zafar conmigo:

pelado1961 dijo...

Este texto sí que me gustó, Diego.
De alguna forma, me hizo recordar a "Brazil", película que te recomiendo ampliamente si no la viste.

Va un abrazo, amigo.

Diego González dijo...

Muchas gracias, pelado.

Esa película me la han recomendado sí, pareceq ue tendré que verla, jeje.

¡Saludos!

¡Ah! También me disculpo con todos aquellos blogs que leía regularmente, pero lamentablemente por temas de tiempo me ha sido -y calculo que en corto plazo también será- imposible continuar leyéndolos, de todas formas, continúen con lo que vienen construyendo, porque como saben vale la pena, y además, lo hacen muy bien. ¡Arriba, gente! ¡Que no se detenga esta comunidad! :)

Frank dijo...

Si, se nota que estas a full...
desapareciste de todos lados !

Muy buena esta entrada...
a mi me recreo un ambiente muy "Dick Tracy" o "Sin City" fenomenal !!

abrecabezas dijo...

Como siempre me encanta lo que escribes,me haces pensar mucho y si tiene razon "pelado " parece la pelicula Brsil
Un beso asta pronto amigo
Estela

Lucía dijo...

Pa! Cuando lo empecé a leer no pensé que lo habías escrito vos. Es breve, conciso, y con mucho contenido. La técnica de suponer otra situación, que de hecho también es real, y presentarlas simultáneamente incluso hasta el final como si fuese una situación hipotética producto de la imaginación de quien relata, me parece genial y nos atrapa en el sencillo contenido del relato. Daría placer leerlo en las páginas de algún libro.

Diego González dijo...

Frank: Si, la verdad que estoy re complicado :S. PEro muchas gracias por pasar y estar, en serio. Y me gusta que digas que se había creado ese ambiente, porque era la idea y al releerlo pensé que no lo había logrado, je :P

abrecabezas: ¡Siempre al firme vos! Muchas gracias por tus palabras, en serio :)

Lucía: Jajaja, ¡te zarpaste, gorda! Con eso que decís ahora no salgo ni por la puerta, jaja. Gracias :)

Blas de Lezo dijo...

No se por qué dijiste que si. Todos tenemos malos tragos y cuando llegamos a ser consciente de semejante situación la condena queda anulada.

Mientras llegan los meses de tu verano aún tienes tiempo para reflexionar y darle la espalda a semejantes cubículos de mala sombra ya sea en buenos trajes o malos ropajes.

Un abrazo, Blas

Diego González dijo...

Si, Blas, es el único momento que nos queda, ¿pero aún así no es triste?

Y decimos que sí porque no solo nos vemos obligados por "electrodomésticos y vestimentas", como digo en el cuento, sino también por cosas más importantes, como higiene o comida... creo que ahí está la "debilidad" del sistema, lo que aún no tengo claro (y dudo que alguna vez lo vaya a tener) es cómo solucionarlo.

¡Abrazo grande!

feather dijo...

te felicito diego. hace mucho no me pasaba por acá, pero nuevamente confirmo que leerte es un placer. el texto me encantó, en el sentido en que me sentí sofocada dentro del escenario que describiste, me hiciste estar metida en la entrevista. un beso enorme!

Diego González dijo...

Jejeje, era la idea, feather. Me alegro que te gustara y gracias por lo que decís.

¡Beso grande!

I WaNt tO HoLd YoUr HaNd... dijo...

DIEGO,,, dicen que " el que se va sin que lo hechen, vuelve sin que lo llamen,,," y asi es mi vuelta,,, pero con una alegria mayor ya que voy a poder volver a leerte y sentir tus lineas,,,,,,

GRACIAS POR ESTAR !!!!!!!! .. UN GRAN BESOOO de todo corazon.... cecilia

Diego González dijo...

Bueno, gracias a tí por pasar :)

¡Beso grande para tí también!